LAS INQUIETUDES DE ROSTRO DE MIEL

 

 

          Mar adentro, muy adentro, el agua es tan azul como los pétalos del más hermoso aciano y tan clara como el cristal más puro, pero es muy honda, más honda de lo que ningún ancla alcanza, y habría que colocar muchos campanarios unos encima de otros para llegar desde el fondo hasta la superficie del agua. Allí abajo habitan las gentes del agua.

La sirenita, Hans Christian Andersen

          En esas profundidades, hace ya muchos años, hubo un rey sabio y prudente, un rey con un único hijo llamado Rostro de Miel. Los tíos, los primos, los familiares más directos, en privado, lo llamaban Rostomel, e incluso más, Rosto. El rey Leal había enviudado al nacer el príncipe. Y él fue creciendo y creciendo, siempre al amparo de su padre, siempre a la sombra del amor del soberano. Cuando el monarca se quiso dar cuenta, tenía en su reino la sucesión perfecta: un joven alegre y jovial, con un afán incontenible de saber. Y ésta fue la mayor dicha que alcanzó nunca.
          Pero un día Rostro de Miel le preguntó:
           ― ¿Padre, dónde está mamá? 
           ― Tu madre murió, hijo.
           ― No puede ser que Dios nos cree para morir – dijo muy serio el príncipe -. Habrá algún sitio en el mundo en el que la gente no muera. Alguna bebida o comida que conduzca a la vida eterna.
           ― No existe nada así en los océanos – contestó el rey.
           ― ¿Lo has buscado? – preguntó él.
           Y desde aquel día el príncipe cayó en un estado de tristeza agudo. Siempre desolado, siempre cabizbajo caminaba el heredero. El rey tomó cartas en el asunto y organizó bailes, torneos, excursiones. Pero Rostro de Miel no les prestó atención alguna, en cuanto podía se retiraba a sus aposentos, a su cama, a ese espacio vacío tras las vidrieras de coral de su habitación.
           Un mañana de primavera Rostro de Miel se presentó ante su padre y le dijo que en tres días partiría en busca del alimento eterno, que no podía esperar sentado a la muerte. Su padre se apenó mucho. Le rogó, le suplicó, le pidió que no emprendiera aquel viaje destinado al fracaso.
          ― Esto es un desatino – dijo -. Aquí está tu reino, tu gente. Todo cuanto necesitas para ser feliz está aquí, delante de sus narices.
          Pero él se mantuvo firme y al tercer día salió del palacio, montado en Cola Firme, su caballo de mar, y se internó en la anchura epipelágica del océano.
          Jinete y caballo navegaron muchas yardas, conocieron muchas otras gentes del reino del agua. Sirenas negras de las profundidades con ojos luminiscentes, sirenas blancas de la zona coralina que habían tenido que emigrar y se habían tornado azules, o verdes; o incluso grises. También monstruos terribles: tiburones tuertos del caribe, con cicatrices profundas y mirar asesino, orcas blancas de resoplido atronador, tanto incluso como el trueno. Pero nadie les supo dar noticia de si lo que buscaban existía o no.
          Cierto día, al borde de un acantilado, ya en la zona mesopelágica, se encontraron con un cangrejo gigante. Cuando les vio venir detuvo su trabajo. Se alzó sobre sus patas traseras y les saludó.
          ― Hola, caballo del mar. Hora sirena. Me llamo Prometeo. Y vosotros, ¿cómo os llamáis y qué hacéis por estos parajes?
          ― Yo soy el príncipe Rostro de Miel y busco la eternidad.
          ― No tengo aquí de esa materia para darte ― contestó muy serio el cangrejo ―. Mi cometido es otro, y se me ha otorgado no morir hasta que lo termine. Tengo que llenar el fondo oceánico con las piedras y la tierra de este fondo marino. Rompo con mis fuertes pinzas las rocas y las arrojo al abismo. No es la eternidad, pero es mucho tiempo. Si te quedas conmigo yo haré que, mientras me ayudes, no mueras.
          El príncipe le agradeció su ofrecimiento:
          ― Gracias amigo cangrejo. Mucho es lo que me ofreces. Pero yo busco la eternidad. No es suficiente tu regalo.
          Y siguieron navegando hacia el otro lado del acantilado, hacia lo desconocido, y hasta más allá de las aguas frías de los polos y las encabritadas corrientes marinas de los trópicos. Conocieron gentes extrañas y amables, gentes con dos cabezas y un único corazón que se pasaban el día cantando, bebedores de coral rojo, calentadores de perlas, diseminadores de tesoros. Pero nadie les supo dar noticia de si lo que buscaban existía o no.
          Cierto día, en la plataforma continental de la bahía de Cádiz, a poco más de ciento cincuenta metros de la orilla, los viajeros encontraron un delfín con alas. Estuvieron un rato observando sus idas y venidas. Recogía conchas marinas con su boca, emprendía un impulso hacia la superficie, y cruzaba la frontera: entraba en el aire. Subía luego, aleteaba hasta la altura de una columna que se levantaba a más de cuatro kilómetros hacia la nada del espacio. Seguidamente se dejaba caer. Así, una y otra vez, sin descanso.
          ― ¿Qué haces? – le preguntó Rostro de Miel.
          ― Cumplo con mi destino – dijo el delfín alado -. Me llamo Hércules. Construyo las columnas que sostendrán la bóveda celeste por los siglos de los siglos. Ésa es mi tarea. No moriré hasta que la cumpla. Si te quedas conmigo yo haré que, mientras me ayudes, no mueras. Es una larga vida, pues vivirás en la memoria de los hombres incluso después de haber muerto, hasta el fin de los tiempos.
           ― Gracias amigo delfín. Mucho es lo que me ofreces. Pero yo busco la eternidad. No es suficiente tu regalo.
          ― ¡La Eternidad! – exclamó el delfín – ¿Esa hermosa y fría dama de los sueños? Alto llamas amigo.
          ― ¿Qué sabe un delfín como tú de estas cosas? – preguntó Rostro de Miel.
          ― Baja, amigo, a la noche sin tiempo, sumérgete y llega hasta el fondo de la zona hadopelágica. Allí hay una puerta, una puerta oscura, más oscura que la oscuridad de aquellas aguas. Detrás está lo que buscas.
          Y Rostro de Miel y Cola Firme se sumergieron. Bajaron muy abajo, hasta las aguas azul oscuro, hasta ese lugar en el que la luz del sol es una metáfora. Allí Rostro de Miel descendió de Cola Firme y le dijo que regresara a casa. Allí, el príncipe siguió bajando, solo, hacia la oscuridad sin nombre. Las gentes linterna se pasmaban de su osadía. Unos se reían confundiendo locura con fe, otros le advertían que estaba fuera de su mundo y le gritaban que se marchara; algunos, apiadados de su corazón herido le alumbraron un trecho.
          Llegó por fin Rostro de Miel a la puerta. A la puerta cerrada que custodiaba un lobo de mar tuerto, armado hasta los dientes, con un pez fluorescente como casco.
           ― Alto ahí, extranjero – dijo el lobo -. La puerta está cerrada. No se puede pasar.
          ― Vengo en busca de la eternidad. He recorrido muchas leguas, no hay lugar bajo las aguas que me sea ajeno. No me iré sin verla.
          ― La puerta está cerrada. No se puede pasar.
          ― ¿Me estás prohibiendo el paso a mí, al príncipe Rostro de Miel?
          ― La puerta está cerrada. No se puede pasar – repitió el lobo con voz tonante.
          ― Bien, luchemos pues – dijo el príncipe.
          El lobo de mar se empezó a reír entonces, mirando al príncipe a los ojos, de tú a tú, de camarada a camarada. La risa era como una carcajada de angustia y de diversión a la vez.
          ― No lo entiendes, priiiiicipe. Yo soy Júpiter. Nadie me ha vencido jamás. Lo que intentas es imposible. Pero, aunque me vencieras, no podrías pasar. La puerta está cerrada y la llave se ha perdido. Hace ya mucho tiempo que se perdió. Sencillamente. No se puede pasar.
          ― Yo sí pasaré, aparta.
          Júpiter se echó a un lado. Movió una aleta hacia la puerta como diciendo, todo tuyo. Y se le quedó mirando. Rostro de Miel inspeccionó la puerta. Era una oscuridad ovoide, con un pequeño círculo gris a la altura de la cintura de un hombre. Rostro de Miel retiró la costra de suciedad que cubría el círculo. Una luz clara como la de un amanecer iluminó todo el fondo marino. Rostro de Miel arrimó su ojo al círculo y tan pronto como vio lo que había dentro la puerta se abrió.
          ― Te lo dije, Júpiter, yo sí pasaré.
          Al otro lado de la puerta había una sala con paredes de una luminiscencia plateada. No era una sala muy grande, poco más de seis metros por doce metros. Pero en el centro había una hermosa sirena. Rostro de Miel en cuanto la vio quedó prendado de ella.
           ― Ven – dijo ella -, hablemos, tenemos toda una eternidad.
          ― ¿Eres tú La Eternidad?
          ― Lo soy – dijo ella.
          Y Rostro de Miel se quedó tiempo, mucho tiempo con la sirena. Viajó al inició del universo y caminó todos los caminos de toda criatura viviente. Viajó a su propia infancia. Viajó hasta la puerta de aquel cuarto, pero no más allá. Más allá sólo estaba ella, la criatura más hermosa jamás vista, sus infinitas historias, todo el amor, toda luz. La Eternidad era una sala de luminiscencias al otro lado de la puerta.
          Pero un día Rostro de Miel sintió nostalgia. Y mirando a los ojos de su amada, preguntó:
          ― Nunca podré volver, ¿verdad?
          ― ¡Ah, el padre océano, siempre reclamando lo suyo! – dijo ella.
          Y se le quedó mirando con aquellos ojos de amor sin tiempo.
          ― Ve pues, regresa; ve. Te doy dos flores para el viaje, una roja y otra blanca. Si cuando llegues y veas quieres volver a la vida que termina, huele la roja, y serás mortal. Y si quieres ir más allá, huele la blanca: todo habrá terminado.
          Rostro de Miel emprendió el viaje de regreso. Quería abrazar a su padre, a sus familiares, a sus amigos, decirles que hay esperanza pues la muerte no es la última morada. Llegó y vio que el delfín había terminado su trabajo: las columnas de Hércules sujetaban la bóveda celeste, y el delfín alado era sólo un esqueleto sin nombre. Llegó y vio una llanura en donde antes había un abismo, el cangrejo había cumplido con su cometido; ya era sólo un esqueleto sin nombre.
          Y cuando llegó a lo que antaño era su castillo, sólo encontró un desierto, una torre derruida, comida por los corales e infestada de serpientes marinas. Y allí en donde se alzaba la meseta de vegetación rala, en donde pastaban los peces lanudos, allí había ahora una ciudad poblada por gentes extrañas que hablaban un lenguaje que a duras penas podía comprender: “Mándame un SMS, con la respuesta”, decían. Y él no comprendía nada.
          Se retiró pues a la soledad de lo que fuera su jardín. Allí, en una cueva hedionda, encontró a un eremita, muy viejo. Se sentó y compartió con él lo poco que el pobre hombre tenía para llevarse a la boca.
          ― ¿Qué ha pasado con el rey Leal, con toda su gente? – preguntó.
          ― Apenas entiendo lo que dices, muchacho – dijo el anciano -. Hablas en una lengua antigua, la de los códices que leí un día, hace ya muchos años. Y preguntas por alguien del que no se sabe si existió realmente, el rey Leal, una leyenda, como si fuera una persona de carne y hueso.
          ― Era mi padre – dijo Rostro de Miel.
          El ermitaño se le quedó mirando como quien ve visiones. En aquel mismo momento Rostro de Miel sacó la flor roja de su bolsa de viaje y la olió, con decisión: todo había acabado ya hace mucho tiempo. Envejeció rápidamente, tan rápidamente que apenas le dio tiempo para llevarse la flor blanca a la nariz.

 

          Rostomel murió. Lo enterraron y volvió a la tierra de donde había venido, y nadie molestó su sueño. Pero sobre su tumba crecen todos los años dos flores: una roja y otra blanca.

 

La belleza de la vida, anónimo popular georgiano.

LA BRUJA MARUXA

La tertulia literaria va con nosotros, no está en un lugar determinado. Somos nosotros quienes hacemos que la magia de la palabra se haga presente, allí en donde estemos. Encendemos la vela perfumada y nos ponemos en marcha. Rueda la imaginación sobre la mesa de madera. Caen las verdaderas historias ocultas tras los escudos que cuelgan de las paredes. Si te fijas bien, si miras con esos ojos de escritor que andas buscando, las ves acercarse a nosotros, ateridas de olvido, queriendo formar parte de la interminable bandada de ficciones que nos rodean.

Cuando la vela está encendida todo es distinto. La vibración de la luz se hace más tenue, amarillea; la madera se aprieta sobre sí misma y se vuelve más oscura, incluso suspira. Y el suelo se solidifica, se tiñe de esa sensatez inabarcable de la noche de los enamorados. Sentados en las otras sillas, en esas sillas que se arriman a esas otras mesas vacías, están los difuntos, los que estuvieron antes que nosotros en el mundo y no se quieren ir del todo; los que necesitan el olor, el sabor, el chasquido de la sidra rompiéndose en el vaso para saber que siguen siendo ellos. Vosotros no los veis porque vuestros ojos están todavía cerrados.

Pero están ahí. Están como nosotros, escuchando, montando en su interior el personaje que sale de la boca de Teresa. Ellos recuerdan otra Elena, ¡qué duda cabe! Ellos recuerdan otros pájaros, otro amor: su amor, en singular, en pequeño, un poco egoísta, un poco altanero, un poco de ninguna parte y de todas partes. Y todo eso está presente en nuestra tertulia. Es la magia de la palabra, esa luz humana eterna que siempre nos acompaña. La palabra y la luz de la vela. Pero vosotros no veis la luz de la palabra, ni oís el deslizarse suave de las palabras de la vela sobre la mesa.

Vuestros ojos ven la barra de la sidrería, la muchacha con la camiseta blanca, al otro lado, moviéndose de acá para allá, como si preparara algo; los azulejos verdosos de la pared, la estantería de cristal y metal dorado con todos los anaqueles llenos de botellas sin precinto: botellas mediadas, casi llenas, casi vacías.

A la izquierda, tras la pared yo sé que hay una despensa. Allí están las botellas verdes llenas, con un corcho nuevo en la embocadura. Allí duerme la sidra, y por ello también los prados, los verdes prados de Asturias. A poco que cierres los ojos podrás visualizar un campo lleno de manzanos, oler la sazón de la fruta; y el agua, oír el agua de aquella tierra, aquella agua que, como dijo el poeta, brota de las piedras. También el nuberu, y el trasgu, que siguen haciendo de las suyas, que se suben a esta mesa en la que están nuestras libretas, nuestros bolígrafos, nuestros caramelos, y juegan, juegan a confundirnos, a volvernos las hojas del revés. ¿No recordáis que Alejandro y Miguel se perdieron en la lectura del cuento que leía Teresa, en la segunda parte? ¿De verdad que nadie más que yo y la dueña de la sidrería vimos que el trasgu les ponía las manos en los ojos al uno y al otro?

 Pues por eso, queridos amigos, vino la dueña. Vino a preguntarnos lo de la vela porque oía todo el jolgorio que estábamos montando desde la oscuridad de la cueva en la que vive, al otro lado de la pared, más allá de la oscuridad de los fuegos y los potes, en ese mundo desconocido pero no por ello menos exacto que este nuestro; este mundo nuestro tan aparentemente maleable, tan real. Vino porque ella, como yo, veía lo que realmente estaba pasando. Ella también veía con otros ojos. Ella, que es una bruja, veía todo con ojos de bruja.

– ¿Por qué la vela? – preguntó.

Recordad.

Y se quedó allí en medio, con los brazos cruzados, con aquel chaleco a rayas horizontales, aquel pantalón negro, aquellas gafas, aquel pelo paja podrida, mirándonos. ¿No recordáis el silencio? Cortaba, ¿eh? Su mirada acusadora, como si estuviéramos conjurando algún poder maligno.

Recordad.

Yo no dije nada. No dije nada porque yo y ella sabíamos lo que ocurría. La magia de la palabra estaba allí, entre nosotros. Y ella lo había oído, olido, visto, palpado. Ella, la Maruxa, había venido hasta nosotros.

 

 

Luego, alguno de vosotros dijo:

– No, esto es literatura.

Y ella contestó:

– ¡Ah!, si es eso, no hay problema.

Pero La Maruxa ya había logrado su propósito, porque cuando pude bajar mis ojos de los suyos y miré, no vi. Ellos, y con ellos ese espacio de empatía que abrimos en nuestras tertulias, habían desaparecido. Ya sólo quedaba la sidrería y vosotros.

La tertulia había terminado.