LA BRUJA MARUXA

La tertulia literaria va con nosotros, no está en un lugar determinado. Somos nosotros quienes hacemos que la magia de la palabra se haga presente, allí en donde estemos. Encendemos la vela perfumada y nos ponemos en marcha. Rueda la imaginación sobre la mesa de madera. Caen las verdaderas historias ocultas tras los escudos que cuelgan de las paredes. Si te fijas bien, si miras con esos ojos de escritor que andas buscando, las ves acercarse a nosotros, ateridas de olvido, queriendo formar parte de la interminable bandada de ficciones que nos rodean.

Cuando la vela está encendida todo es distinto. La vibración de la luz se hace más tenue, amarillea; la madera se aprieta sobre sí misma y se vuelve más oscura, incluso suspira. Y el suelo se solidifica, se tiñe de esa sensatez inabarcable de la noche de los enamorados. Sentados en las otras sillas, en esas sillas que se arriman a esas otras mesas vacías, están los difuntos, los que estuvieron antes que nosotros en el mundo y no se quieren ir del todo; los que necesitan el olor, el sabor, el chasquido de la sidra rompiéndose en el vaso para saber que siguen siendo ellos. Vosotros no los veis porque vuestros ojos están todavía cerrados.

Pero están ahí. Están como nosotros, escuchando, montando en su interior el personaje que sale de la boca de Teresa. Ellos recuerdan otra Elena, ¡qué duda cabe! Ellos recuerdan otros pájaros, otro amor: su amor, en singular, en pequeño, un poco egoísta, un poco altanero, un poco de ninguna parte y de todas partes. Y todo eso está presente en nuestra tertulia. Es la magia de la palabra, esa luz humana eterna que siempre nos acompaña. La palabra y la luz de la vela. Pero vosotros no veis la luz de la palabra, ni oís el deslizarse suave de las palabras de la vela sobre la mesa.

Vuestros ojos ven la barra de la sidrería, la muchacha con la camiseta blanca, al otro lado, moviéndose de acá para allá, como si preparara algo; los azulejos verdosos de la pared, la estantería de cristal y metal dorado con todos los anaqueles llenos de botellas sin precinto: botellas mediadas, casi llenas, casi vacías.

A la izquierda, tras la pared yo sé que hay una despensa. Allí están las botellas verdes llenas, con un corcho nuevo en la embocadura. Allí duerme la sidra, y por ello también los prados, los verdes prados de Asturias. A poco que cierres los ojos podrás visualizar un campo lleno de manzanos, oler la sazón de la fruta; y el agua, oír el agua de aquella tierra, aquella agua que, como dijo el poeta, brota de las piedras. También el nuberu, y el trasgu, que siguen haciendo de las suyas, que se suben a esta mesa en la que están nuestras libretas, nuestros bolígrafos, nuestros caramelos, y juegan, juegan a confundirnos, a volvernos las hojas del revés. ¿No recordáis que Alejandro y Miguel se perdieron en la lectura del cuento que leía Teresa, en la segunda parte? ¿De verdad que nadie más que yo y la dueña de la sidrería vimos que el trasgu les ponía las manos en los ojos al uno y al otro?

 Pues por eso, queridos amigos, vino la dueña. Vino a preguntarnos lo de la vela porque oía todo el jolgorio que estábamos montando desde la oscuridad de la cueva en la que vive, al otro lado de la pared, más allá de la oscuridad de los fuegos y los potes, en ese mundo desconocido pero no por ello menos exacto que este nuestro; este mundo nuestro tan aparentemente maleable, tan real. Vino porque ella, como yo, veía lo que realmente estaba pasando. Ella también veía con otros ojos. Ella, que es una bruja, veía todo con ojos de bruja.

– ¿Por qué la vela? – preguntó.

Recordad.

Y se quedó allí en medio, con los brazos cruzados, con aquel chaleco a rayas horizontales, aquel pantalón negro, aquellas gafas, aquel pelo paja podrida, mirándonos. ¿No recordáis el silencio? Cortaba, ¿eh? Su mirada acusadora, como si estuviéramos conjurando algún poder maligno.

Recordad.

Yo no dije nada. No dije nada porque yo y ella sabíamos lo que ocurría. La magia de la palabra estaba allí, entre nosotros. Y ella lo había oído, olido, visto, palpado. Ella, la Maruxa, había venido hasta nosotros.

 

 

Luego, alguno de vosotros dijo:

– No, esto es literatura.

Y ella contestó:

– ¡Ah!, si es eso, no hay problema.

Pero La Maruxa ya había logrado su propósito, porque cuando pude bajar mis ojos de los suyos y miré, no vi. Ellos, y con ellos ese espacio de empatía que abrimos en nuestras tertulias, habían desaparecido. Ya sólo quedaba la sidrería y vosotros.

La tertulia había terminado.